La cultura de la pederastia

Hace poco, me encontraba con la noticia, nada inhabitual en estos días, de un torero a ras de cumplir los cincuenta, despeñándose por una dorada, casi niña, con la que hacía pública su relación. Como, si pasados los dieciocho, y ya destetada, se tuviera a bien, hacer publico lo insólito.


Algunas cosas por frecuentes se normalizan. Así, sucede con la violencia, con la exposición del espacio íntimo, con la vulneración de los parámetros morales, pero que se normalicen no siempre señala el camino hacia una evolución y, por el contrario, a veces representan la cara de algo que se descompone.


Hay cuestiones que no tienen que ver con el #género, si no con la #madurez emocional y psicológica. No tiene misterio, que un hombre o una mujer, pueden enamorarse ocasional, anecdóticamente de una persona más joven. Pero casos como este, no suelen representar el mejor ejemplo de la casualidad y la excepción, si no de la búsqueda (dentro de la legalidad) de terrenos pantanosos o al menos decadentes.

Tras la cortina de este #romance reemerge Lolita y el viejo Humbert, culto pero verde, convenciéndonos, trastornado, de que el mal late en la inocencia, abogando una defensa que al menos, en este caso, dejó una obra incólume. La cultura de la pederastia, donde lo virgen y una juventud colindante con la infancia, lo nuevo y sin estreno, constituyen el verdadero motivo de la atracción y la intención.

Con ciertos años, las diferencias de edad no hacen estragos, ni tienen importancia. A otras, representan el signo más ajado de la inmadurez mental tratando de depredar lo perdido. El olor a Nenuco. Reminiscencias y traumas.

Algunos señores, encuentran en el rostro de la mujer que eligieron el espejo de su vejez y se sienten aberrados, como los vampiros enfrentados con cruces y ajos. Ven en esa huida hacia atrás, una huida hacia delante, y se sienten con derecho porque en la juventud de su amante no olvidan solo la edad, también el norte.

Preguntarles que les parecería si a sus retoñas las embistiera un cincuentón, sonaría a moralina, no obstante estoy convencida, de que en la intimidad de sus denuedos, la pregunta se les aparece como un ánima.

La inocencia, la falta de experiencia, la confusión de la cuasi adolescencia no son argumento para una relación romántica con papá, la fuerza se haya en algo más patológico que sano, donde lo correcto sería preguntarnos ¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos? ¿Qué nos pasa?



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