¿Y si el error fuera yo?
- Sara Rico Solera Psicología
- hace 12 horas
- 6 min de lectura
Actualizado: hace 44 minutos
Hay preguntas que entran como una piedra en el zapato. No hacen ruido, pero no dejan caminar igual.
“¿Y si fuera yo el error?” es una de ellas. Aparece después de una discusión repetida, de una ruptura, de un proyecto que vuelve a fallar, de una amistad que se enfría, de una sensación incómoda: la de estar viviendo el mismo capítulo con distintos personajes.

La primera reacción suele ser defenderse. Buscar pruebas de que no, de que la culpa está fuera. La segunda, si la pregunta insiste, puede ser peor: acusarse sin piedad. Convertirse en juez, fiscal y condenado al mismo tiempo.
Pero entre esas dos respuestas hay una tercera más útil. No consiste en decir “todo es culpa mía”. Consiste en mirar con honestidad la parte que sí nos corresponde. Sin escondernos.
Porque a veces el error no es quién somos. A veces el error es una forma de mirar, de elegir, de callar, de insistir, de huir o de defendernos de lo que no queremos ver de nosotros. La pregunta no debe usarse como látigo, pero tampoco como manipulación.
Cuando alguien se pregunta “¿y si el error fuera yo?”, puede estar abriendo una puerta valiente o cavando un agujero. La diferencia también definirá la actitud.
Una cosa es revisar una situación y preguntarse:
Qué hice.
Qué evité.
Qué repetí.
Qué no quise escuchar.
Qué esperaba sin decirlo.
Otra cosa muy distinta es concluir que uno es defectuoso, imposible de querer, incapaz de cambiar o responsable de todo lo que ocurre alrededor.
La culpa total paraliza. La responsabilidad concreta mueve.
Decir “soy un desastre” no sirve de mucho. Es una frase grande, pesada y vaga. No indica qué cambiar mañana. En cambio, decir “me cierro cuando siento que me critican” ya apunta a algo observable. Se puede trabajar. Se puede hablar. Se puede cuidar.
No somos el error entero. Podemos tener errores. Podemos repetir errores y tampoco todos, tenemos el mismo tamaño de error. Podemos defender errores...pero, no conviene convertirlos en identidad aunque, paradójicamente, es eso lo que hacemos cuando nos negamos a entregarnos a la verdad.
La pregunta útil no es “¿soy el problema?”. La pregunta útil es más humilde y más precisa: ¿qué parte del problema estoy alimentando sin darme cuenta o por negarme a aceptar?
Esa formulación cambia el escenario. Ya no se trata de declararse culpable, sino de observar la mecánica. Como quien abre un reloj para ver qué pieza se atasca.
Los patrones suelen disfrazarse de destino
Hay fallos que parecen mala suerte hasta que se repiten demasiado.
Siempre aparecen personas que no se comprometen. Siempre surgen grupos donde una persona queda fuera. Siempre se eligen trabajos que queman. Siempre se empieza con entusiasmo y se abandona cuando llega el esfuerzo aburrido. Siempre se discute por el mismo detalle, aunque cambie el nombre de quien está enfrente, o somos, por antonomasia, la "víctima".
Cuando algo se repite, conviene dejar de llamarlo casualidad durante un momento.
No para culparse, para investigar.
Tal vez la persona que “siempre encuentra gente fría” se siente atraída por quienes no piden demasiado, porque la intimidad real le asusta. Tal vez quien “siempre acaba haciéndolo todo” no sabe pedir ayuda antes de acumular resentimiento. Tal vez quien “siempre se siente traicionado” confunde una expectativa imaginada con un acuerdo hablado.
La vida no es una respuesta simple y desde luego hay cosas que no podremos ver por nosotros mismos. Hay injusticias reales, abusos, mala suerte, contextos difíciles y personas que hacen daño. Reconocer la propia parte no significa negar la responsabilidad ajena.
Significa dejar de vivir como si no tuviéramos ninguna influencia o, porque también hay que decirlo, cargando a los demás con nuestra parte.
La imagen que defendemos puede ser la jaula
Buena parte de nuestros errores sobreviven porque protegen una imagen de nosotros mismos.
El yo deseado puede tapar al yo real.
Y el yo real no siempre es agradable. Puede ser envidioso, orgulloso, dependiente, impaciente, cobarde, exigente, pasivo o teatral. No en todo. Pero sí, las veces necesarias, para hacernos infelices o causar la infelicidad que rechazamos cargar.
Aceptar eso no nos vuelve peores. Nos vuelve menos peligrosos para nosotros mismos y para los demás.
Una persona que no reconoce su orgullo, lo llamará dignidad. Una persona que no reconoce su miedo, lo llamará prudencia. Una persona que no reconoce su necesidad de aprobación, lo llamará amor. Una persona que no reconoce su ira, la presentará como justicia.
Ahí es donde el error se vuelve persistente: cuando tiene un nombre bonito.
La honestidad personal no consiste en hablarse con crueldad. Consiste en dejar de maquillar lo que nos gobierna.
Hay una prueba sencilla, aunque incómoda. Si una explicación nos deja siempre impecables y a los demás siempre en deuda, conviene sospechar. La realidad suele ser más mezclada. Menos cinematográfica. Más humana.
Quizá alguien nos hizo daño y aun así, nosotros respondimos mal. Quizá una situación fue injusta y aun así no cuidamos nuestros límites. Quizá teníamos razón en el fondo, pero la forma destruyó cualquier posibilidad de encuentro.
Tener razón no siempre significa estar actuando bien.
Esa frase cuesta. Cuesta porque muchas veces nos agarramos a la razón para no mirar el daño que causamos desde ella. “Dije la verdad”. Sí, pero tal vez la dijimos para herir. “Solo puse límites”. Sí, pero quizá los pusimos como castigo. “Me protegí”. Sí, pero puede que también desapareciéramos sin explicar nada.
La madurez empieza cuando podemos sostener dos verdades a la vez. Me dolió lo que pasó. Y también hice daño. Me faltaron cuidados. Y también pedí de una forma injusta. Tenía miedo. Y también usé ese miedo como excusa para ser mezquino.
Cambiar empieza por una escena concreta
El gran error al querer cambiar es no querer cambiar, si no convertirse en un mejor actor para tratar de controlar la escena: “Tengo que ser otra persona”. “Tengo que sanar todo”. “Tengo que entender mi vida entera”.
No hace falta empezar ahí. De hecho, esa no es una vía de cambio.
El cambio real empieza por una escena concreta. Una sola.
Y esa escena, es justo en donde se rompe el papel. Cuando en la consulta, sé que tengo delante, a alguien que necesita tanto de la mentira para respirar que está pagando para engañarme, voy a dejarle un tiempo para acomodarse a <<su diván>> pero no lo necesario para que termine por engullirme en la dirección de su drama.
Llegado el momento, no dudo en hacer la prueba, porque cuando llega la hora, si el paciente no desea cambiar, solo podemos sostener su ilusión de que mintiendo, sí está cambiando.
No parece espectacularmente rentable, pero así se cambia un patrón: interrumpiendo una repetición en el momento exacto en que, esta, pide paso.
Ese entrenamiento no se logra con promesas grandiosas, sino con práctica psicoterapéutica concreta y honesta.
Frente a la defensiva que suele preguntar: “¿Cómo se atreven a decirme eso?”. La responsabilidad pregunta: “¿Qué parte de esto podría ser cierta?”.
Hoy es fácil convertir el aprendizaje en espectáculo. Cuando cambiar es precisamente romper el pacto con la inconsciencia.
Hay errores que necesitan consecuencias. Otros necesitan distancia. Otros necesitan conversación. Otros necesitan ayuda externa, especialmente cuando los patrones dañan mucho o se repiten desde hace años.
El objetivo no es alcanzar una versión perfecta de uno mismo. El objetivo es vivir con menos autoengaño. Hacer menos daño. Elegir con más claridad. Amar sin tanta defensa. Discutir sin destruir. Irse sin arrasar. Quedarse sin someterse y sobre todo, ser algo que no se deshaga al primer remojón, por estar hecho de farsa.
La pregunta inicial entonces cambia de peso.
“¿Y si el error fuera yo?” deja de sonar como una condena y empieza a sonar como una invitación. No a odiarse. No a cargar con todo. No a borrar la responsabilidad de los demás, pero, a centrarse en la propia.
Una invitación a mirar la propia participación en la vida que se repite.
No de golpe. No sin miedo. No sin recaídas.
Pero se puede empezar por la próxima escena. Por la próxima frase. Por la próxima vez que aparezca el impulso de huir de lo que molesta, incluso huyendo...reconocerse la verdad aunque escueza.
Ahí, en ese segundo pequeño, el error deja de mandar. Y una persona empieza a volver a sí misma con más verdad.




Comentarios